martes, 2 de junio de 2015

De la realidad a los pictogramas

La capacidad perceptiva del ser humano está íntimamente ligada a procesos, a priori, automáticos que hacen más fácil la relación con su entorno. Clasificamos, ordenamos, dotamos de significación y eliminamos lo que sobra. Un proceso completamente transparente que estamos haciendo de manera continua.

Utilizamos signos para poner elementos en lugar de otros, muchas veces por simplificar las situaciones. Ponemos un dibujito que parece un huevo frito encima de otro dibujo más grande para indicar que podríamos ir a la playa, pero con una chaqueta bajo el brazo.



Por si eso fuera poco además de los signos utilizamos símbolos, como las banderas, cuyo significado viene dado por convenciones socialmente aceptadas. Digamos que el signo debería ser interpretado por cualquier persona fuera de acuerdos sociales -un mapa- y un símbolo no. 


Además, la pragmática tiene en cuenta que diferentes entornos pueden afectar al significado, haciendo que un mismo símbolo signifique cosas completamente diferentes.





Todo esto se puede complicar de sobremanera cuando nuestras habilidades no son totalmente como la de los demás. Lo primero es tener conciencia de ello, y darnos cuenta de lo complicado que puede ser ver el mundo y relacionarse con él. 




¿Esto es una manzana?




¿Comestible?



A veces representamos conceptos de carácter espiritual o psicológico con contenidos más tangibles, como el pecado.


¿Una manzana?¿un pecado?¿Una marca comercial?¿Un concepto?


Por lo tanto el paso del concepto al pictograma no es siempre automático. Podríamos hablar de una transferencia de significado por pasos. El Proyecto Sígueme de la Fundación Orange y la Universidad de Granada secuencian estos pasos desde la imagen en video -la más parecida a la realidad-, a la fotografía, pasando por el dibujo hasta llegar al picto.

Tengamos conciencia de que los pictogramas no son ni una moda ni un capricho, son la manera de ver y comprender conceptos. El bastón para ayudarnos a caminar, o las gafas de sol un día de verano. Pongámonos en la piel de quien los necesita, y démonos cuenta de que la realidad no es siempre tan simple como estamos acostumbrados a verla.





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